Cuando era niño, mi madre
siempre usaba al Coco como amenaza para mandarme a dormir. Sinceramente, debo
confesar que dichas amenazas me causaron mucho pavor por mucho tiempo.
Recuerdo que cuando estaba en
la cama y las luces se apagaban, podía
jurar que siempre veía la sombra del Coco, reflejada por la luz de un
viejo farol que entraba por la ventana. Al mismo tiempo me tapaba con las
cobijas para protegerme de un posible ataque, y allí me quedaba tapado todo el
tiempo hasta que el sueño me dejaba inconsciente de mis miedos.
Cada noche, la idea de que el
Coco me tragara me embargo por meses. Paso más tiempo y cada amenaza de mi madre
perdía fuerza, pareciera que mis cobijas eran repelentes del Coco y yo me sentía
más seguro.
Mucho tiempo después, en mi
adolescencia, las historias del Coco y el miedo que yo sentía por el horrible
animal desaparecieron por completo. Ya no me tapaba con cobijas y podía dormir
cómodo sin tener que enroscarme temiendo ser atacado, secuestrado o comido por
el dueño de mis miedos.
Por las mismas fechas, mis
amigos y yo viajamos al Lago de Zumpango. El objetivo era estar todo el domingo
encallados a la orilla del lago bebiendo cerveza hasta perder el conocimiento por lo menos eso esperaba yo.
Ya instalados en el lugar, y
con unos tragos encima, apareció la representación del Coco según mi imaginación
de hacía años. Allí estaba, era moreno, nariz larga y ancha, boca enorme, voz
muy grave, cabello largo, gordo y muy bajito.
No sé si estaba muy borracho,
pero si lo suficientemente consiente para distinguir entre la realidad y la
fantasía, me pellizque y supe que estaba despierto, de repente comencé a sentir
mucho miedo. Sabía que no venía por mí y que todo era una casualidad, pero yo
seguía sintiendo terror.
Me dio tanto miedo que la
borrachera se me bajó tanto trabajo que
me había costado ya no pude estar tranquilo, el seguía allí disfrutando del
sol y de lo que parecía ser su familia, en verdad era muy feo y presentía que
en cualquier descuido me raptaría, después de unas horas de observarlo se levantó
y se marchó. Todo regresó a la normalidad, recuperé la conciencia y seguí
tomando para perderla de nuevo.
Aun así desde ese día vivo con
la incertidumbre de volverlo a encontrar o de que vuelva a visitarme por las
noches para espantarme, no duermo tranquilo y aunque ya no me tapo con mis
cobijas escucho ruidos, y veo sombras que van y vienen.
Desde ese día ya nada es
normal, desde el día que conocí al Coco, el Coco de Zumpango.
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