lunes, 11 de marzo de 2013

El Coco de Zumpango



Cuando era niño, mi madre siempre usaba al Coco como amenaza para mandarme a dormir. Sinceramente, debo confesar que dichas amenazas me causaron mucho pavor por mucho tiempo.
Recuerdo que cuando estaba en la cama y las luces se apagaban, podía jurar que siempre veía la sombra del Coco, reflejada por la luz de un viejo farol que entraba por la ventana. Al mismo tiempo me tapaba con las cobijas para protegerme de un posible ataque, y allí me quedaba tapado todo el tiempo hasta que el sueño me dejaba inconsciente de mis miedos.

Cada noche, la idea de que el Coco me tragara me embargo por meses. Paso más tiempo y cada amenaza de mi madre perdía fuerza, pareciera que mis cobijas eran repelentes del Coco y yo me sentía más seguro.
Mucho tiempo después, en mi adolescencia, las historias del Coco y el miedo que yo sentía por el horrible animal desaparecieron por completo. Ya no me tapaba con cobijas y podía dormir cómodo sin tener que enroscarme temiendo ser atacado, secuestrado o comido por el dueño de mis miedos.
Por las mismas fechas, mis amigos y yo viajamos al Lago de Zumpango. El objetivo era estar todo el domingo encallados a la orilla del lago bebiendo cerveza hasta perder el conocimiento por lo menos eso esperaba yo.

Ya instalados en el lugar, y con unos tragos encima, apareció la representación del Coco según mi imaginación de hacía años. Allí estaba, era moreno, nariz larga y ancha, boca enorme, voz muy grave, cabello largo, gordo y muy bajito. 

No sé si estaba muy borracho, pero si lo suficientemente consiente para distinguir entre la realidad y la fantasía, me pellizque y supe que estaba despierto, de repente comencé a sentir mucho miedo. Sabía que no venía por mí y que todo era una casualidad, pero yo seguía sintiendo terror.

Me dio tanto miedo que la borrachera se me bajó tanto trabajo que me había costado ya no pude estar tranquilo, el seguía allí disfrutando del sol y de lo que parecía ser su familia, en verdad era muy feo y presentía que en cualquier descuido me raptaría, después de unas horas de observarlo se levantó y se marchó. Todo regresó a la normalidad, recuperé la conciencia y seguí tomando para perderla de nuevo.
Aun así desde ese día vivo con la incertidumbre de volverlo a encontrar o de que vuelva a visitarme por las noches para espantarme, no duermo tranquilo y aunque ya no me tapo con mis cobijas escucho ruidos, y veo sombras que van y vienen.

Desde ese día ya nada es normal, desde el día que conocí al Coco, el Coco de Zumpango.

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