Era una tarde calurosa del verano 2008. Faltaba un mes para la inauguración de los
Juegos Olímpicos y había una emoción colectiva por el evento. Yo estaba en mi
trabajo, aburrido como siempre; fue entonces cuando recibí una llamada que
cambiaría mi vida por completo. Era mi esposa gritando de desesperación.
—¿Qué pasó? —pregunté—, se me rompió la fuente, ¡por favor date prisa! —me contestó con voz fuerte.
—¿Qué pasó? —pregunté—, se me rompió la fuente, ¡por favor date prisa! —me contestó con voz fuerte.
Por un momento no supe que pensar ni que
hacer. Colgué el teléfono y corrí hasta el estacionamiento. —No me importó no
avisar que salía por una urgencia—. Encendí el auto y me dirigí a toda velocidad
hacia mi destino. Crucé varias calles hasta llegar a la Avenida Rio San Joaquin.
Había un congestionamiento increíble con dirección al centro y casi sin
alternativas.
Prendí la radio para escuchar el informe
vial y justamente a la altura de Mariano Escobedo había un choque. Me puse muy
nerviso y cuando sentí mi playera estaba pegada a la piel de tanto sudor. Cuando
llegué a la desviación en Thiers, el tráfico estaba más fluido. Crucé Circuito,
Reforma, Chapultepec y sin problemas recorrí Salamanca hasta llegar a Cuauhtémoc.
Habían pasado 40 minutos desde la llamada de mi mujer. Estaba muy desesperado.
Ya estaba cerca, faltaban tres o cuatro
kilómetros. Yo manejaba muy rápido y casi atropello a una anciana que cruzaba
la calle; me mentó la madre y me quedé con ganas de regresársela. Seguí manejando y por
fin llegué, crucé la puerta del hospital; En recepción pregunté por mi esposa,
rápidamente me dirigí a la habitación. Y con tremendos gritos demoniacos la
encontré allí acostada y cansada de dolor.
—¿Dónde carajos estabas Antonio? —me
reclamó airadamente— ¿Qué no vez que me estoy muriendo del dolor?.
El doctor la examinaba y ya era hora
para ingresarla a la sala de operaciones. Al mismo tiempo la enfermera me indicó
ponerme un traje especial color azul para poder presenciar el momento. Ya en la
sala mi mujer seguía gritando; yo intentaba tranquilizarla, —pero creo que no
me escuchaba nada de lo que yo decía—. Todo estaba listo: el doctor, la
anestecióloga, la enfermera, el pediatra, la camarógrafa, mi esposa y yo.
Pasaron 10 o 20 minutos, no recuerdo. Yo
tomaba a mi mujer de la mano y de la cabeza, como símbolo de mi apoyo; Yo seguía
sudando como cerdo. Mientras, el doctor muy sereno lo hacía ver tan fácil. La
labor fue exitosa. Todo era tan emotivo que terminó en un grito ahogado que
emanaba de aquella hermosa criatura. Había nacido nuestro hijo.
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