domingo, 17 de febrero de 2013

Un día poco cumún

Era una tarde calurosa del verano 2008.  Faltaba un mes para la inauguración de los Juegos Olímpicos y había una emoción colectiva por el evento. Yo estaba en mi trabajo, aburrido como siempre; fue entonces cuando recibí una llamada que cambiaría mi vida por completo. Era mi esposa gritando de desesperación.
—¿Qué pasó? —pregunté—, se me rompió la fuente, ¡por favor date prisa! —me contestó con voz fuerte.
Por un momento no supe que pensar ni que hacer. Colgué el teléfono y corrí hasta el estacionamiento. —No me importó no avisar que salía por una urgencia­—. Encendí el auto y me dirigí a toda velocidad hacia mi destino. Crucé varias calles hasta llegar a la Avenida Rio San Joaquin. Había un congestionamiento increíble con dirección al centro y casi sin alternativas.
Prendí la radio para escuchar el informe vial y justamente a la altura de Mariano Escobedo había un choque. Me puse muy nerviso y cuando sentí mi playera estaba pegada a la piel de tanto sudor. Cuando llegué a la desviación en Thiers, el tráfico estaba más fluido. Crucé Circuito, Reforma, Chapultepec y sin problemas recorrí Salamanca hasta llegar a Cuauhtémoc. Habían pasado 40 minutos desde la llamada de mi mujer. Estaba muy desesperado. 
Ya estaba cerca, faltaban tres o cuatro kilómetros. Yo manejaba muy rápido y casi atropello a una anciana que cruzaba la calle; me mentó la madre y me quedé con  ganas de regresársela. Seguí manejando y por fin llegué, crucé la puerta del hospital; En recepción pregunté por mi esposa, rápidamente me dirigí a la habitación. Y con tremendos gritos demoniacos la encontré allí acostada y cansada de dolor.
—¿Dónde carajos estabas Antonio? —me reclamó airadamente­— ¿Qué no vez que me estoy muriendo del dolor?.­
El doctor la examinaba y ya era hora para ingresarla a la sala de operaciones. Al mismo tiempo la enfermera me indicó ponerme un traje especial color azul para poder presenciar el momento. Ya en la sala mi mujer seguía gritando; yo intentaba tranquilizarla, —pero creo que no me escuchaba nada de lo que yo decía—. Todo estaba listo: el doctor, la anestecióloga, la enfermera, el pediatra, la camarógrafa, mi esposa y yo.
Pasaron 10 o 20 minutos, no recuerdo. Yo tomaba a mi mujer de la mano y de la cabeza, como símbolo de mi apoyo; Yo seguía sudando como cerdo. Mientras, el doctor muy sereno lo hacía ver tan fácil. La labor fue exitosa. Todo era tan emotivo que terminó en un grito ahogado que emanaba de aquella hermosa criatura. Había nacido nuestro hijo.


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